Tu mejor fortaleza tiene fecha de caducidad
Construir sobre lo que se te da bien no basta si no sabes que eso también cambia.
Cualquier tenista amateur sabe que cambiar de raqueta es a la vez una ilusión y un suplicio. Una ilusión porque, además de estrenar algo nuevo, se abre la oportunidad de mejorar tu rendimiento; y un suplicio porque, como rápidamente descubres, no existe la raqueta perfecta, y tienes que aceptar lo que los americanos llaman trade-offs, que vendrían a ser renuncias. Las posibilidades son infinitas, así que terminamos fiándonos de las referencias que nos dan amigos y entrenadores, y probamos tres o cuatro raquetas, a ser posible, en circunstancias similares.
Pero una vez lo has hecho, empieza el suplicio. Puedes tener más control que con la actual, pero menos salida. O más velocidad a cambio de descontrol. Elegir raqueta es, por tanto, una elección de renuncias con las que tendrás que convivir, si todo va bien, ocho o diez años más. ¿Necesitaré más control ahora que voy cumpliendo años y los puntos duran más? ¿O apuesto por el juego rápido que siempre me ha divertido pero que es tan exigente físicamente y resta control en el fondo de la pista?
Dice Peter Drucker en su magnífico libro Managing Oneself que es importante conocerse a uno mismo para poder construir sobre nuestras fortalezas, y no sobre nuestras debilidades. Lo explica diciendo que construyendo sobre tus debilidades solo puedes pasar de ser incompetente a ser mediocre, mientras que haciéndolo sobre tus fortalezas puedes pasar de ser bueno a ser excelente. ¿Qué eliges?
Saber en qué eres bueno, sin embargo, no es tan fácil, y, aunque Drucker plantea un método efectivo en su libro, no podemos prever los cambios en las condiciones externas ni cómo reaccionaremos a los mismos. Por ejemplo, el paso del tiempo, en el tenis, provoca cambios físicos que pueden hacer que una raqueta que te iba bien a los 20 no te vaya bien a los 50, y mucho menos a los 70. Pero también provoca cambios psicológicos y emocionales, que quizá nos mantienen más tranquilos en pista y, por tanto, más seguros. Todo cambia, y nosotros también.
Este mismo mecanismo funciona en la empresa. Piensa en el empresario que ha crecido gracias a su capacidad comercial: es él quien cierra los clientes importantes, él quien conoce cada cuenta clave. A los 2 millones de euros, esta fortaleza es el motor de la empresa. A los 8 millones, esa misma fortaleza empieza a ser un cuello de botella: todo sigue pasando por él, y eso limita hasta dónde puede llegar la empresa. No es que la fortaleza se haya vuelto mala, es que el contexto ha cambiado y ahora hace falta otra.Por eso, la decisión que debes tomar hoy mismo, sea sobre la raqueta o sobre la oportunidad que tienes delante, pasa por hacerte una pregunta incómoda: lo que te trajo hasta aquí, ¿es lo mismo que te llevará más lejos?
© Oriol López Villena 2026